Capítulo Uno
Un saludo y adiós
Faltaba un cuarto para las nueve de la mañana cuando dejé caer mi dignidad sobre una torre de latas, todas ellas se desparramaron con un estruendoso sonido que perturbó mi cerebro recién encendido.
Alguien había estrellado su auto contra la tienda de Sussan. La entrada era un desastre, un gran agujero y marcas de neumáticos en la acera daba la bienvenida al lugar. Pero por supuesto, no lo pensé dos veces y terminé por empeorar la entrada.
Juré que me encontraría con un auto y, en su lugar, terminé en el suelo. Contando estrellas.
—¡Hey! ¡Fíjate por dónde andas! —alcancé a oír entre el bullicio.
Esa voz debe ser la de Sussan. Lo único que sabía de ella era que nos evitaba a toda costa, pero ella forma parte de nosotros. De eso no se puede huir, por eso estaba aquí.
—¿Catherine? ¿Eres Catherine? —dijo.
Con la vergüenza desprendiéndose de mi rostro, asentí y traté de pararme con una sonrisa, como si la caída y mi impresión de este sitio no fuera la gran cosa. ¿Qué pasó aquí?
—Buenos días, Sussan —dije tratando de no hacer más ruido—. Lo siento mucho, puedo ayudarte con eso más tarde.
Por un segundo pensé que podría arreglar este desastre, quizás si tuviera la misma destreza que antes, lo haría en cuestión de segundos. Una simple torre de conservas no puede derrumbar mi mañana.
Delante del mostrador, Sussan, con el cabello despeinado y la mirada consternada tras unos lentes que al parecer no son falsos, soltó una risa y me tendió la mano.
—No te preocupes, de todos modos ya nadie se asoma a comprar.
—¿Qué?
—De verdad, muchas gracias por venir, he estado mandando mensajes después de que quitaron el auto, pero como nadie respondía, decidí reabrir la tienda.
¿Reabrir?
—Sussan..
Ella se apoyó en una escoba y con la mirada puesta en el piso, suspiró con pesadez.
—Uno que otro aparece de vez en cuando, pero ya no es lo mismo. Creo que me han traicionado, porque la tienda de enfrente tiene mucho trabajo por las mañanas…
—Sussan, no puedes hacer eso.
—¿No? ¿Por qué no? —replicó.
—¿Dices que la tienda está abierta? ¿Ahora mismo?
Que locura
—¿Y cómo quieres que esté aquí sin hacer nada? —dijo mientras se acomodaba sus lentes—. Pensaba hablar de eso contigo también.
No tenía idea del tipo de contrato de Sussan con la Agrupación, pero estaba segura que para tener un pedazo del mundo necesitabas un permiso especial. Porque te comprometes a no destacar entre un mar de gente, eso es fácil, pero si deseas guardar las apariencias con un almacén, pueden pasar cosas como estas.
¿Qué sucede si un curioso hace noticia de esto? Terrible, mucho peor que chocar contra una torre de latas.
—Está bien... No. No, no está bien—corregí, señalando la enorme entrada detrás mío—. Vas a tener que cerrar hoy mismo. Hasta nuevo aviso.
No quería confrontarla, así que en eso estábamos de acuerdo. Era un asunto que también involucra a Angeline, ella sabe las palabras adecuadas para este tipo de casos, el problema es que su tiempo no es fácil de pedir y me ha costado volver a ganarme su confianza.
—De todas formas tenía planeado cerrar hoy —dijo.
Al parecer, Sussan le tomó el peso a mis palabras, dejó de lado la escoba y busco algo en los bolsillos de su delantal.
Aunque no lo parezca, también tengo una pizca de autoridad aquí, se siente extraño, porque en realidad mi trabajo es otro.
—Entonces... —sonreí, intentando cambiar la conversación—. Me gustaría saber por qué estoy aquí.
Intentaba limpiar mis manos pegajosas de sopa de tomate cuando Sussan sacó un manojo de llaves.
—Es uno de nosotros —dijo, de pronto un destello llegó a mí como una estrella fugaz—. Traté de hablar con él, pero no respondió. Está muy asustado o planea hacerme algo.
Ni tendría por qué sorprenderme; es solo que… ¡Por fin estaba pasando!
Mientras la seguía hacia la puerta de solo empleados, aproveché para acomodarme las mangas y sacudirme el polvo de encima. Quisiera hacer lo mismo con esa pequeña mancha en mi chaleco y cambiar mis sandalias por unas más presentables, pero no dejaré que eso arruine mi regreso, ni siquiera el hecho de que me haya perdido el desayuno por estar aquí.
—¿No estuviste así una vez? —dije y sonreí, naturalmente una escena nostálgica tendría que colarse a través de mis ojos, pero no tengo las fuerzas para intentarlo en este momento.
—Si, pero este chico sabe lo que hace. Así que…—antes de girar la llave, Sussan se tragó sus palabras y volteó a verme—. Lo lamento mucho Catherine, no sabía qué hacer.
Lo último que escuché, antes de que mis cintas reaccionaran bajo mi gorra, fue el chirrido de la puerta atravesando cualquier otra idea que quisiera colarse.
En este pequeño rincón del mundo -al contrario de lo que muchos creen desde la otra cuadra-, entre cajas y cachivaches varios, mi compañera dejó a uno de nosotros atado a una silla. Al parecer, él había intentado zafarse y terminó cayendo de cara contra el suelo de concreto.
Pese al fuerte ruido que anunciaba nuestra presencia, el chico no se movió ni un pelín.
Un peso de culpa cayó sobre mí. Mis cintas comenzaron a bajar por mi cuello hasta mis brazos y me envolvieron por debajo de mi ropa.
Hace unas horas yo dormía plácidamente, ¡en una cama que solo uso cuando preparo el desayuno! y este pobre chico me esperaba así.
—Dime que tienes una razón para dejarlo así —dije, esperando una buena explicación de su parte.
—Que su apariencia no te engañe, este estúpido intentó robarme. Estaba a punto de llamar a la policía —dijo Sussan al dirigirse al fondo de la habitación.
En un escritorio repleto de pila de papeles y manchas de café. Sussan tenía a su disposición cámaras de seguridad en muchos sitios, hacia la calle, el interior del local y otros no parecían ser de aquí.
—¿Y qué te detuvo?
—Tienes que verlo—. Su dedo me indicó a donde mirar, era fácil perderse entre tantas pantallas, cuyo gran espacio en la pared de concreto intimidaba a cualquiera que se acercara.
En una de ellas, se proyectó una grabación con fecha de ayer, poco antes de la medianoche.
La cámara apuntaba hacia el costado derecho de la tienda, en donde estaban los refrigeradores frente a filas de estanterías.
Allí, un niño lo suficientemente pequeño, que cualquiera se preguntaría por la ausencia de los padres, caminaba sin prisa, mirando a su alrededor.
Con sus pequeñas manos abrió la puerta que daba a los helados, se dio cuenta de que aquello que buscaba, se encontraba fuera de su alcance. Intentó saltar, no lo logró. Luego dio un par de vueltas por el pasillo. Era precavido, sabía lo que hacía cuando fijó su atención a ambos lados; sin embargo, al final del pasillo, mi compañera se ocultaba tras un cartel de publicidad.
A pesar de la calidad del video, que además era en blanco y negro, noté que su ropa era demasiado grande. Tal vez formaba parte de su plan, esconder lo que pudiera agarrar y desaparecer, por supuesto eso último no puede haber sucedido, porque el chico estaba aquí con nosotras.
Ciertamente, me costaba creer que un niño malcriado quisiera un helado cuando el sol ya se ocultó, se supone que esa es la gracia de comerlo. Para evitar que te derritas de calor, el helado lo hace por ti y están a mano. O algo así, no lo recuerdo muy bien. En la mente de un niño, esto tiene sentido, no podría tratarse de uno de nosotros.
—Es solo un niño, Sussan…
—No, no lo es, fíjate bien aquí —dijo Sussan al tocar la pantalla.
El niño, ansioso de helado, miró a todos lados, a lo mejor buscaba su sabor favorito. Pudo haber ido por una canasta de compras, o usar las latas de la entrada y llegar hasta el techo si se lo proponía, pero decidió que lo más fácil era crecer.
Como si se tratara de un truco de magia, el chico viajó en el tiempo, hasta el año en que su cuerpo era lo suficientemente grande para alcanzar las cervezas, pero decidió que lo mejor era el helado.
¡Creció de verdad! No era un efecto de cámara como dirían los escépticos. ¡Él lucía irreconocible!
Para su mala suerte, el botín ya no cabía debajo de su sudadera, lo intentó de varias formas hasta que Sussan apareció en la escena y, aunque ella intentó acercarse con cautela, él corrió apenas la vió. Ella pronto lo alcanzó, comenzaron a forcejear, pero el video se detuvo.
—No opuso resistencia, tampoco a dicho nada. Si fuera un humano ya estaría insultándome—dijo ella, mientras se sobaba el hombro—. Es tu trabajo hacer el resto, ¿verdad?
Una parte de mí se iluminó, estaba segura que una de mis viejas neuronas hizo que mi corazón se emocionara, sin olvidar mantener la calma y la seriedad del asunto, por supuesto. Desde que desperté, he estado echada en la sala de estar de un departamento, vacío, sentía la presión de continuar por el mismo camino como si no hubiera una grieta en el tiempo y hoy por fin puedo dar el paso.
—¿Catherine?
Dejé ese sentimiento de extrañeza cuando asentí con la cabeza.
—Déjame el resto a mí —. Y levanté el pulgar.
—¡Espera! —me tomó del brazo—. Después de terminar, quiero que hables con el jefe y preguntes por mi.
—Solo puedo hablar con Angeline —respondí—. Creo que es la única de la sucursal que puede hacerlo.
—Entonces dile a Angeline que…
Una tos repentina nos dejó heladas a las dos.
Detrás nuestro, en voz baja y temblorosa, el chico dijo algo que no alcancé a entender. Nos volteamos casi al mismo tiempo, porque era una cuestión que nos aterraba de solo escucharlo.
Sussan maldijo en voz baja y en un acto reflejo se tapó los oídos.
Antes que ese dolor cubriera todo mi cuerpo, corrí y conseguí desatar al chico. Él estaba pálido, creí que sollozaba palabras sin sentido. Hasta que trató de ponerse de pie, pero no tenía la suficiente fuerza para lograrlo. Me miró directo a los ojos, yo intentaba no verlo con repulsión.
—¿Qué…? —volvió a toser—. ¿Qué es esto? ¡¿Quienes son ustedes?!
En la comisura de sus labios y también en la palma de su mano, goteaba una sustancia casi gelatinosa y escurridiza. De un color tan oscuro como sus pupilas.
Estaba a un paso de infiltrarse.
—¡¿Qué me hicieron?! —dijo intentando que aquello no se le saliera de las manos.
Tuve que alejarme un poco. Esperaba que entendiera que era para darle su espacio, no porque me dolían las entrañas con solo verlo.
—No te muevas, respira lento. Tienes que…
Aunque estuviera arrodillada a su misma altura, con toda la intención de no espantarlo, él me miró como si mi ayuda fuese un acto de total aborrecimiento.
—¡¿Qué mierda estás diciendo?!
Él hacía lo posible por alejarse de mí. Aunque sus piernas no parecían tener respuesta.
—Vine a ayudarte, no te haré daño…
—No, ¿otra vez ustedes? ¿Ahora qué? ¿Por qué me quieren de vuelta?
—Ah, ¿sabes quienes somos?
—Unos imbéciles.
—Escúchame, si estuviste con nosotros, sabes lo peligroso que es exponernos de esa forma.
—No es mi culpa que no sepan hacer su trabajo.
—¿De dónde vienes? —dije, quizás no sea de aquí, pero si alguna vez nos conoció debe estar su nombre en la lista. El problema es que podría ser cualquiera.
—Lo he repetido una y mil veces, ¡no lo sé! Si eso no les dice a ustedes que no deben meterse conmigo, no entiendo por qué mierda insisten.
Algo no me cuadraba.
—Te seré sincera, nunca había escuchado de ti. Vine porque nosotras y muchos otros más no somos de aquí.
—¿Quieres venderme otro cuento? —jadeó, apenas podía sostenerse con los brazos—. Ya lo he escuchado antes, querían meterme con los niños inadaptados. Lo admito, no tengo familia ¡y eso no les incumbe!
—Yo tampoco tengo familia.
El chico me miró de pies a cabeza, consternado y jadeando, contestó con evidente repudio.
—Mientes.
Entonces vivió con humanos, eso es de locos. ¿Cómo explicárselo? ¡No quiero tirarle hielo en un momento como este!
—Ninguno de nosotros tiene familia, ¿verdad Sussan? —dije esforzándome por mantener la respiración.
Sin embargo, ella se protegía con manos temblorosas. Aunque sus dedos cubrieran lo que estaba pasando, echó un ojo a la situación.
Rápidamente negó con la cabeza.
—Si… No, no, no. Yo me largo de aquí.
Y con el miedo entre sus manos, dejó que su cuerpo fuese preso del pánico, no podía hacer nada contra ello, así que me aferré a una idea.
—No podemos ser cobardes y dejarlo así —susurré indignada y me quité el gorro de encima.
Desenrrollé una de mis cintas para atrapar a Sussan.
—Él ya está muerto, Catherine —. Se quejó a medida que intentaba zafarse—. Ya, ya vi suficiente, por favor.
Un escalofrío viajó desde el chico hacia ella, de pronto ese temblor llegó de golpe en mi corazón, una vez que lo sientes no para, y deja una sensación profunda de hormigueo en la piel.
La infiltración era una cuestión que no solo destrozaba el cuerpo del afectado, por alguna razón, el dolor nos llegaba a todos los presentes. Y por primera vez, lo experimentaba en carne propia.
—Si me dejas ir les diré a todos que fue mi culpa y no tuya —. Siguió quejándose, pero la dejé atada en su silla de escritorio.
—Si quieres que hable con el jefe piensa cuál es la esencia de este chico. Por favor, Sussan, ten un poco de empatía —dije molesta en voz baja.
Yo, mis corazonadas, mis cintas y una compañera que no estaba dispuesta a seguir cooperando teníamos que mover neuronas para evitar que se nos fuera el chico.
Tenía la lista de miembros perdidos en mi cabeza, lo había repasado una y otra vez, uno de ellos debería ser él.
—¿Qué mierda está pasando? —dijo el chico en un tono más preocupado y menos soberbio que antes.
Respiré hondo. Procuré acercarme con lentitud, volví a estar a su misma altura.
La Catherine del pasado no tenía problemas, era la mejor en lo que decía y en las decisiones que tomaba.
¿Por qué justo hoy tenía un caso de vida o muerte? ¡¿Con quién debo quejarme?!
—Estamos tratando de que no te lastimes —respondí con la mejor cara posible—. Eso que ves no es normal, por eso necesito que respires lento y me digas tu nombre.
Tuvo la misma reacción.
Mejor empecemos de nuevo.
—Me llamo Catherine. Estás aquí, porque en cualquier otra tienda te hubieran devuelto de donde saliste. Te mirarían con compasión por tu apariencia, pero yo te miro así porque eres uno de nosotros —. Extendí mi mano hacia él—. Todas las células de tu cuerpo van a ceder porque hay algo que deseas con todo tu corazón que se cumpla. Tienes que decirme que es y te prometo que serás conocido por quien eres y no lo que aparentas.
El problema fue que después de eso él volvió a mirarme de pies a cabeza. Creo que nunca conocí a alguien tan terco. Lo bueno era que él seguía estable, de modo que las cosas aún podían salir peor.
—Te prometo que esto se queda en estas cuatro paredes, nadie más sabrá tu verdadera razón de existir —reiteré, las manos me sudaban más y más, tuve que respirar hondo. Era demasiado el temblor bajo mi piel.
—Quiero… —balbuceó, su respiración se volvió entrecortada—. Quiero que me dejen en paz.
—Lo haré, haré lo que sea para que estés en paz, pero dime ¿qué es lo que necesitas?
Después de unos segundos eternos y unas cuantas miradas de escepticismo, el chico seguía aferrado a escapar, incluso si tenía que salir arrastrándose.
—Dices que soy uno de ustedes, pero no se parecen en nada a mí. ¿Qué tenemos en común? —dijo y señaló arriba de mi—. ¿Y qué mierda llevas en la cabeza?
Sussan soltó una carcajada, sonaba más como de dolor que de risa. Solté un largo suspiro.
—Tenemos mucho en común, es más de lo que crees—respondí antes de que la situación se me fuera de las manos.
Levanté mi camisa hasta donde se suponía que debía tener una cicatriz muy particular.
—¿Te hace falta un ombligo? —continué, no pude evitar fanfarronear solo un poco—. Nos hacen falta muchas cosas, ¿no crees? No tenemos familia, ni nombre, ni recuerdos que se sientan propios. Podemos inventar todo lo que queramos, pero no existimos de forma legítima.
Creo que algo dentro de él no quiso aceptar el poder de mis palabras. Quizás corté una rebanada muy grande de pastel. Sus ojos se fueron directo al suelo, su semblante cambió al tocar su brazo derecho.
—¿Tú también? — dijo con voz temblorosa.
Y negó muchas veces con la cabeza, llegó a un punto en el que no pudo contener las lágrimas. ¿Cuánto tiempo llevaba perdido? ¿Cuántas veces intentó encajar? No podía saberlo, pero estaba segura de que le afectaba de sobremanera, como a muchos de los que una vez conocí y consolé.
—Intentaron convencerme una vez. Me trataron como un perro perdido y ¿sabes a dónde me llevaron? ¡Al mismo sitio de mierda! —dijo con ira contenida en sus manos.
—Se burlaron de mí —murmuró.
Él no sabía a dónde mirar o quizás donde esconderse. Perdido en sus memorias, intenté acercarme una vez más.
Lo agarré, sus dedos estaban helados. De nuevo, un hormigueo se coló por dentro de mi piel. Era una fuerza que me obligaba a sucumbir.
Él se esforzaba por respirar. Sus ojos de verdad parecían no tener final, no sabía si era por la palidez de su rostro o era un efecto de la infiltración.
—¡Me patearon hasta que no pudieron más! ¡Cómo se atreven! ¿De verdad puedo…? —jadeó y alzó su mano a mi hombro— ¿De verdad puedo confiar en tí?
Una de sus pupilas estalló.
Sussan gritó.
Mis manos temblaron. No importaba porque ya lo tenía entre mis brazos. Pero lo sentía, una masa resbaladiza y fría atraída por la gravedad se colaba entre mis dedos.
—¡Sussan, traeme algo para detenerlo!
Incluso si el frío llegara a quemarme, valdría la pena saber que lo intenté.
Ninguno tenía una explicación de por qué nos pasaba esto, o de porqué nos duele cuando lo vemos.
—Déjalo.
Todos lo aceptaron, pero aún puede haber una cosa que pueda hacer.
—Déjalo, Catherine.
—No… ¡No! ¡No puede ser! ¡Escúchame! —Cerré los ojos. Todo me daba vueltas, entonces me aferré a él—. Por favor, escúchame.
—No estamos solos, ninguno de nosotros tiene a dónde ir, pero nos encontramos. Te encontré a ti. Si regreso con las manos vacías... Sabrán que no pude.
Respiré hondo, lo mejor que pude para que mis pulmones resistieran esta fuerza que intentaba llevárselo.
—Eso no puede pasar. Les dije a todos que no se preocuparan por mi. Ellos me dieron esta oportunidad, porque podría haber ido por otro camino, irme del país y explorar este mundo. Pero estoy aquí contigo porque sé lo difícil que es no saber de dónde vienes.
No hubo reacción.
—La verdad, aún no lo sabemos. Pero estoy segura que si nos sigues, lo sabrás primero que nadie.
Solo un maldito silencio en la habitación.
—Por favor, yo también quiero continuar mi camino. Es por eso que te necesito, te necesito con vida. Todos te darán la bienvenida, como se supone que debemos tener. Te necesito porque no volverán a creer en mí. y la única forma de demostrar que puedo, eres tú.
No quería abrir los ojos.
—Y yo no podré recuperar mi tienda —. Sussan se acercó con voz temblorosa.
Y también lo abrazó. Mis cintas se habían aflojado sin mi permiso, ¿estarán cansadas también?
Cerré los ojos.
Lo abracé con fuerza.
Si este chico se rehusaba a recibir ayuda, yo tenía que pedírsela.
Algo de sentido tendría que tener si intento mirar al revés.
No sé por cuánto tiempo nos quedamos así, ni en qué momento mi corazón dejó de latir con tanta intensidad.
Mucha de las probabilidades en mi cabeza, volaban buscando otra razón, antes que les echara un vistazo, se esfumaron cuando a Sussan y a mí nos empujaron.
Mis cintas me salvaron de caer, pero no podía decir lo mismo de mi compañera.
Frente a mí, un adolescente de cabello oscuro y desordenado, con una sonrisa de oreja a oreja, se echó a reír a carcajadas.
—Si me deseas tanto, no tendré más opción que ayudarte. Agradece tu buena suerte —dijo con una voz más grave—. Pero quiero saber, ¿qué te hace pensar que no somos humanos?
Me quedé boquiabierta. Busqué una respuesta en la punta de la lengua, pero Sussan se me adelantó.
—¡Estuviste a punto de morir, niño!
Él se levantó en seco y se dirigió a nosotras con una sonrisa altiva.
—¿De qué hablas? —dijo con una naturalidad que incomodaba. No estaba segura de si fingía no entender o si, en verdad, se había convertido en otra persona—. Dices que conozco quien soy, que no somos, que nos faltan muchas cosas, así que no puedo morir.
—Si, es cierto, pero ella se refería a… —respondí hasta que me interrumpió.
—No he dormido en semanas, pero me siento como el primer día. Ahora lo entiendo, ¿quién más puede hacer eso?
Me tendió el brazo, yo estaba que me tambaleaba después de ese tobogán de emociones. No cualquiera puede vencer esa fuerza y regresar con los brazos abiertos.
—Gracias —susurró.
Ese gesto se volvió un apretón de manos, pero yo sudaba demasiado como para aceptarlo. Aún así mis cintas lo entendieron, volvieron a su lugar pese a no entender qué fue lo que pasó. ¿Era una broma? ¿Una prueba con cámara oculta? De todas maneras acepté.
—¿Por qué? —dije, sin querer solté una sonrisa.
—Porque nadie me escuchaba. Ahora estamos a mano, Catherine.
No, esto no era una prueba.
Este texto fue enviado de manera anónima a la redacción.
Cualquier semejanza con personas reales, vivas o fallecidas, o con hechos reales, es mera coincidencia.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario