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jueves, 26 de marzo de 2026

FOLLETÍN | No somos de aquí, ni del más allá - Capítulo 02

Capítulo Dos

Ventanal

—Mi nombre es Oliver, es un gusto conocerlas —dijo el chico con las manos juntas sobre su regazo. Sentado en la misma silla, donde hace pocos minutos Sussan no toleraba su presencia. De hecho, ella estaba a punto de hablar, pero el chico la interrumpió. —Y apuesto que sé lo que van a decir —dijo mientras inclinaba la cabeza ligeramente. —A ver, dinos —respondí con el mismo tono sarcástico. ¿De verdad este chico es el mismo? ¿Debería conocerlo? Si fuese alguien importante, Sussan lo reconocería. Pero ella no dijo nada, de hecho tenía las manos en los bolsillos de su delantal. Por mi parte, las cintas estaban alerta por si las dudas. —Forman parte de una organización ultrasecreta —dijo al cruzarse de brazos. Ambas nos miramos las caras. Me hubiera gustado no reaccionar de esa manera, pero eso quiere decir una cosa. Él lo sabe, sabe las reglas, sabe que puede volver cuando quiera. ¿Se convirtió en otra persona de repente? ¿Al crecer lo recuerda todo? Qué extraño. De igual forma mantuve mi postura. —Así es —respondí. Él me señaló. —Y tú quieres verme ahí —dijo con una sonrisa que terminó por confundirme aún más. —Sí, tienes razón —dije mientras me rascaba la cabeza intentando devolver la sonrisa—. Realmente es tu decisión. Si quieres volver con… —¿Volver? —Oliver se inclinó hacia delante—. ¿Quién dice que quiero volver? Estoy aquí porque escapé de casa, por más que intentaron encontrarme una familia, ninguna me trató como debía. Se los dije una y otra vez, nadie me creyó. Los humanos son unos imbéciles… Oliver volvió a recostarse en la silla, ahora con la mirada y expresión cansada en su puño derecho.Era la misma persona. Entonces él estaba siendo ¿sarcástico? Ahora que lo pienso, llamarnos una “organización ultrasecreta” suena un poco alejado de la realidad. Quise disculparme por el malentendido, hasta que levantó la mano, el gesto fue suficiente para darle su espacio. Espera, ¿cree que puede darme órdenes? —¿Se los dije o no? —añadió, con media sonrisa—. Por favor chicas, no me miren así. ¿Cuándo les pedí que me tengan lástima? Mejor sigámosle la corriente. —Oliver, si vienes conmigo, todo eso ya no importará —dije sin pensarlo mucho, pero a partir de ahora debo empezar a elegir mis palabras con pinzas. No quiero imaginarme qué dirá cuando, sin querer, le de una gran rebanada de pastel. —Si te sirve de algo, Oliver —dijo Sussan—. Cuando llegué, aparecí en la calle. Me atrapó la policía, dijeron que alteré el orden público, pero yo no entendía nada y estuve detenida una noche. —A esa mierda me refiero. Verán, estos imbéciles no le hacen caso a nadie. Perdón Sussan, pero verás, solo fue una noche, no quieres saber qué pasó conmigo en… —Me llamaron loca —interrumpió con voz más fuerte—. Intenté defenderme y terminé en el hospital. Hasta que uno de nosotros creyó en mí y pude escapar. Si Catherine te pide una cosa, tienes que ser agradecido. Sinceramente, esperaba una bofetada, pero esto fue mucho mejor. Lo siento tanto Sussan. Oliver se levantó de golpe y respiró hondo. Supuse que esperaba una reacción de nosotras. Sin embargo, mi compañera no se inmutó y yo dejé mi cinta al alcance de la mano, aunque no fue necesario. Él soltó una carcajada. —Catherine, Sussan. Dejaré que me sorprendan esta vez. Llévenme donde se supone que debería estar. Si no es interesante como dicen, tendré que reconsiderar quedarme, no quiero verlas así otra vez. Y sin perder más tiempo, desenrollé una cinta y dejé que diera un par de vueltas en su muñeca. Luego la llevé hasta la mía con la misma rapidez. Hice un nudo y corté el resto de un tirón. Ya deseaba ver su expresión, porque este truco lo dejaba atado a mí. —¿Qué mierda es esto? —exclamó, agitando la mano con visible confusión—. ¿Es una broma? —No quiero perderte en el camino, así que estaremos unidos—. Alcé la otra mano y levanté un poco mi gorra, lo suficiente para que alcanzara a ver las cintas entre mis cabellos—. Estimado Oliver, si la Agrupación me ordena que lo detenga lo haré. En cambio, me han llamado porque somos únicos en el mundo y yo lo necesito a usted. Enseguida le pedí a Sussan su número. Le debía una, aunque de todos modos la hubiera ayudado. Solo de pensar en dejarla aquí , en medio de este desastre, me apretaba un poco el corazón. Al salir del almacén, escuché decir a Oliver algo que me dejó tranquila el resto del camino. —Si quieres que me una, no tendré de otra más que hacerlo —dijo con una sonrisa y alzó una mano, en señal de rendición. Fue así que me di cuenta, estaba atada a un típico adolescente que maneja el sarcasmo de la misma manera que respiramos sin darnos cuenta. Espera, ¿realmente necesitamos oxígeno? Nos despedimos de Sussan. Alcé mi brazo tan alto que Oliver terminó por imitar mi gesto. Ya en la calle, acomodé mi gorro por si el viento quería llevárselo. No podía correr el riesgo de perder el único que tenía. Entonces una duda se estrelló en mi cabeza: si un día lo perdía ¿Perfecta será capaz de predecirlo y comprarme uno solo para presumir? De hecho, siguiendo esa lógica, ella ya sabía que me encontraría con Oliver. Agradezco que no me lo haya dicho. Supongo que sabe lo que hace. Ella sí sabría qué palabras usar con este chico. No avancé tanto en mis pensamientos, ni siquiera pude observar la inmensidad del cielo de esta mañana cuando Oliver comenzó a reírse en voz baja pero con la cabeza bien en alto. —¿Eres consciente de que suena muy conveniente y estereotipado lo que me acabas de proponer? —dijo sin volverse hacia mí. Pensé en responderle, pero estaba claro. Todas sus preguntas serán respondidas cuando llegáramos, y en este preciso momento necesitaba un descanso mental. Quería decirle todo lo que sé, pero no aquí. Si llegaran a enterarse que hablé demasiado en la calle, no tendrían razones para dejarme sola, creerían que necesito más tiempo. La semana pasada fue un encierro muy amable por parte de August y muy aburrido para mis neuronas. Quise jugar con las ironías también. —Ahora mismo no es momento —dije y miré alrededor—. ¿Cuándo una “organización ultrasecreta” ventila sus verdades al aire? —Por favor Catherine, ¿crees que estos tengan la capacidad de pensar? Casi tropecé. Llevé la vista al cielo, buscando paciencia. Hasta mis cintas se movieron un poco. Porque asimismo lo he pensado las veces que he recorrido la ciudad, sobre todo, esa tarde en el centro comercial. Podía entender que tuviéramos cierta ventaja, pero subestimarlos era un error, y además una recomendación en el reglamento de la Agrupación. ¿Cómo explicas todo lo que ves aquí? Alguien tuvo la idea y otro decidió seguirla para hacerlo realidad. —Está bien, lo entiendo. Es mejor ser precavidos —dijo y ahogó una risa, como si ya hubiera conseguido lo que quería. ¿Quiere enredar mis cintas de los nervios? ¿Saltar de un puente solo para verme arrancarme los pelos? No supe qué más hacer que asentir y retomé el paso. Ya tendré otro día para ver el cielo con mejores lentes. La calidez del sol aterrizó desde mis hombros hasta la punta de mis dedos, formando una sombra que se extendía por la acera. La calma después de la tormenta, ¿verdad? Estiré los brazos para sentirlo mejor. August me contó que la esencia era cálida, igual que la sangre, pero lo que pasó con él fue todo lo contrario: me transmitió un frío único, diferente al hielo o a un mal presentimiento. Oliver, en cambio, lucía despreocupado. Un adolescente con los malos modales bien aprendidos y las groserías al máximo. Si yo viera mis entrañas intentando salir, necesitaría un momento para procesarlo todo. ¿Será que Sussan ya había experimentado la infiltración? No pensé que fuese tan malo, al menos ya sé cómo actuar a la próxima. Hoy intenté lo mejor que podía, la próxima vez será mejor. El susurro de los árboles y la silueta de sus hojas meciéndose a lo largo de la vereda dejaron de acompañarnos al cruzar la calle. Luego cruzamos otra y, después de caminar tres cuadras, bajamos a tomar el metro. Era casi mediodía. Me sorprendió ver a los comerciantes ofrecer su menú con tanta energía. Apresuré el paso. Esta vez tuve cuidado de no caer sobre alguien -algún comensal, por ejemplo-. Pero no me di cuenta de que también empujé a Oliver. Ese pequeño detalle hizo que él volviera a hablar. —Así que vas contra el tiempo, Catherine —dijo con sorna, intentando seguirme el paso. —Eres muy importante, Oliver. La Agrupación te espera —insistí. Él soltó una carcajada. Justo como me lo imaginé, los halagos son su debilidad, cualquier reconocimiento lo pone de buen humor. Al pasar por el torniquete, el silencio de Oliver no duró mucho. —¿De dónde mierda sacan dinero? Digo… no hay manera de que trabajemos para ellos. Y te veo desesperada. ¿Acaso hay una recompensa por mí? ¿Todo se trata de dinero en este mundo? Me atrevería a decir que después de la ropa, lo primero que tenemos en mente es revisar los bolsillos. Pero este no es el caso. —Tenemos una fortuna… —No muy legal que digamos —susurró. —¿Quieres saber cómo manejamos el dinero, Oliver? Que curioso, haciendo preguntas de mucho ojo. —Dijiste que no tenemos nombre, familia, nada. Así que encontraron la manera de entrar. ¿Pero cómo? Rodeé los ojos, eso sí que era una gran rebanada de pastel. Hasta para mí, porque tuve la misma duda, solo que no supe retener esa información con tanta precisión en su momento. Encogí los hombros. Realmente no tenía idea de cómo se movía el mundo allá afuera. Así que, lo jalé del brazo; no tuvo más remedio que seguirme. A lo lejos se escuchó la llegada del metro. Oliver abrió los ojos y el viento casi se llevó mi gorro por andar pensativa. Éramos los únicos esperando en el andén. Con suerte tendríamos espacio suficiente para hablar. Después de todo, el resto del mundo estaba donde debía estar. Encontrarse un vagón vacío, no era una situación tan descabellada a estas horas de la mañana. —Apuesto que es la primera vez que viajas en metro —dije, y las puertas se abrieron. Fui al primer asiento que vieron mis ojos. Con eso lancé una bomba que sabía que Oliver no podría ignorar, pero necesitaba sentarme cuando eso pasara. Digamos que obligarlo a seguirme por todos lados ya era demasiado para un chico tan obstinado. Lo vi atento a su alrededor, asombrado por el movimiento del metro cuando nos pusimos en marcha. Aquel lugar le debía resultar familiar y no debe saber por qué. —¿Y? —insistí, dándole un codazo. —Solo he tomado el autobús. No podía arriesgarme a que me atraparan —dijo un poco irritado. Estiré los brazos, pero seguía unida a Oliver. Tal parece que mi descanso llegará cuando pueda sentarme a comer el desayuno que, a este paso, terminará siendo la cena del mes. —Pero has estado aquí antes, ¿verdad? —me giré hacia él—. Algo así como un recuerdo volando por ahí, que te dice: ¡Si! Sin ninguna duda yo he estado aquí, pero mis manos no. —¿Qué dices? No hables con metáforas, ve al grano. ¿A dónde vamos? —dijo riendo y mirando hacia otro lado. ¡De verdad lo pensó! Bueno, elegí creer que intentó no darle importancia. —Es una sorpresa súper secreta. Él frunció el ceño. —Catherine… —Pero antes tienes que saber una cosa. En ese instante, el sol apareció y Oliver se conmovió un poco con su presencia. Afuera, ninguna nube se atrevió a salir y, por lo visto, el chico se quedó maravillado con la vista que teníamos de la ciudad. Decenas de edificios intentaban alcanzar el cielo, pero ninguno como el Grand Espejo, el primero en reflejar el cielo de Esteleste y uno de los más altos del país. ¿Cómo sería estar ahí? ¿Podríamos ir y tocar la puerta? De todos modos, ese pedazo del mundo también era nuestro. —¡Catherine! —exclamó. —Perdón, ¿decías? —Me acomodé en el asiento—. Como puedes ver, esta ciudad es muy grande, eso nos favorece, porque así será más complicado encontrarnos. Eso último me lo inventé, pero algo de sentido tenía, ¿no? Estábamos en la capital. Si nos descubren -una idea impensable por cierto-, seguro la incompetencia de los humanos los llevará a buscar en la frontera. Eso espero. —Me parece una pésima idea —respondió sin apartar la vista de la ciudad. —¿Así? Bueno, llevamos años sin problemas. —¿Años? ¿No deberían ser siglos? —No me hagas contar —dije y antes que volviera a responder con esa agilidad mental, lo recordé—. Oliver, por favor, antes tienes que saber que lo más probable es que vivamos juntos. Silencio. No, otra vez no. —¡¿Qué?! —exclamó. Se acercó a mí, incrédulo. No me había fijado en el lunar que tenía debajo de su ojo. —¿Qué? ¿No te parece increíble? No estaremos solos, Perfecta hace una comida increíble, ella también es nueva aquí. Les enseñaré a caminar por la ciudad y los lugares que deben evitar… —No —interrumpió. —¿No? Oliver se quedó pensando un rato. Decidí darle la vuelta a la situación —Tendrás tu propia habitación, no te obligaré a que pasemos tiempo juntos, Perfecta no le gusta estar encerrada y yo trabajo por las tardes —continué. Me miró de reojo unos segundos. —Si tanto quieres que hagamos una pijamada en tu casa, está bien —dijo, se echó en el asiento y soltó un largo suspiro. No sonaba convencido. Por un segundo caí en cuenta que quizás ellos dos no podrían congeniar bien, pero de alguna forma lo arreglaré. Perfecta sabrá que decir y yo veré cómo actuar. —Será así por un tiempo. El edificio aún sigue en remodelación —dije para mejorar los ánimos. —¿Y otro sitio? —No hay más sitio aquí. Podrías solicitar una mudanza al otro lado… —Eso es porque somos muchos. Imagino que ya tenemos gran parte del país a nuestros pies —dijo convencido de tener la razón. Suspiré con pesadez. —En realidad no. Por los altavoces se anunció la llegada a la estación. Cuando las puertas se abrieron, una multitud apareció a paso apresurado. Eran tantos que muchos tuvieron que ir a pie. Dejé en claro a Oliver que no podíamos seguir hablando con la misma libertad. Tuve la sensación de que él se sentía un poco decepcionado. Con eso de que nosotros somos superiores, por lo que deberíamos ser muchos, observando desde las sombras, ya que tenemos un parecido increíble. Sin embargo, era una realidad muy distinta. Es solo que estoy segura que sí somos muchos, pero aún no los hemos encontrado a todos. En la lista había por lo menos una treintena de nosotros. Muchos eran mera especulación. Para mí, sí están en algún lado, con esa sensación extraña en la piel, con los recuerdos volando y nunca cayendo en cuenta de que están aquí por una razón que no sabemos. Aún. Las puertas se cerraron. En la siguiente estación debíamos de bajar. —Oliver, no entiendo nada de probabilidades, pero estando tú en este vagón, eres una increíble excepción. Al parecer se esforzó por esbozar apenas una sonrisa y siguió observando a los pasajeros con la misma expresión de niño travieso que sabe algo que no puede soltar así como así. —Eres el segundo este año, por lo menos aquí. No sé cómo será en Puerto Norona o en Subilin. Pero el año pasado solo se unieron cinco. Si el viento movía las cintas a mi favor, pronto todo el edificio estaría ocupado. Mi meta era esa, encontrar a muchos más, aunque los informes digan lo contrario. —Cinco en todo el país —continué intentando llamar su atención con la cinta que nos mantenía unidos. Una cifra tan pequeña, debería ser fácil de superar. —Ya veo —sonrió—. Catherine, no es necesario que inventes números. Si tanto quieres que me una a ustedes, solo dilo. ¿Podría ser que estaba frente al último miembro en Esteleste? August decía que no tenía que preocuparme tanto, que lo más fácil era dar por sentado que el resto del año estaría de vacaciones a su lado. Una oferta muy tentadora, pero en las maratones el tiempo también corre. Las cintas siguen mi cabeza desde que aparecí. No debería desaprovecharlas de esa manera. Tendré que hablar con él en la noche. Ya tuve tiempo suficiente para tomar una decisión. Creo que ni siquiera era necesario pensarlo con tanto detalle. Solo quiero retomar desde donde me fui. De todos modos, seguiremos unidos. Espero que haya encontrado la manera de avanzar con la restauración de los otros departamentos, para que al menos Oliver pueda mudarse al frente. Y sé que Perfecta anhela y espera que le de un espacio propio, aun cuando no me lo haya dicho. Porque en serio, merecíamos una porción de esta gran ciudad. No deberíamos conformarnos con verlo detrás del ventanal. Espero atesorar este recuerdo del cielo y mostrárselo a ellos un día de estos, pero tan pronto como llegaron los humanos al espacio, volvimos a estar bajo tierra. En el subterráneo. Finalmente hablaría con Angeline. Todos conocerán a Oliver y verán que siempre fui la misma. Eché un vistazo a su reflejo en la ventana. ¿Debería indagar un poco más? Quiero decir, a Oliver no le agradaba que le tendieran la mano y adoraba los elogios con bastante ironía de por medio. Cuando lleguemos, quien lo entrevistara perdería el tiempo al indagar en esos detalles. Yo daría un gran salto y ahorraría ese espacio en forma de un pequeño comentario. Así sabrían que puedo serles útil de otras maneras y me darían la palabra. Y en unos días más, investigaría a fondo su habilidad. Lo ayudaría a manejarla si es que aún no la controlaba al cien por ciento. Y eso que aún no sé si mencionar su casi infiltración. Tendría que consultarlo con August. A este punto ya sonaba como Perfecta, pero qué más daba. Quería predecir mi felicidad. De hecho, Perfecta sabría porque había tanta gente reunida a estas horas. ¿Qué evento importante me estoy perdiendo que hay mucha gente aquí? ¿Era un día festivo? ¿Otra manifestación? Aunque a esta gente no la veo con ánimos de ir a ningún lado a protestar, si tomamos en cuenta que no llevaban ni una pancarta. Aunque no hacía falta adivinar. El tren bajó la velocidad. Por fin llegamos. Apenas se abrieron las puertas, tomé la mano de Oliver y nos unimos a la marea de gente. Eran tantas cabezas que no me sorprendería tener algunas miradas en mí. Y, ya que era verano, muchos solían acercarse a preguntar si no tenía calor con este gorro, el más grande que encontré por cierto. Sin embargo, justo antes de salir, alguien me agarró del brazo. No fue un simple roce, aquello duró un segundo, pero el espacio era tan reducido que, al girarme, no pude distinguir de quién se trataba. Las personas pasaron sin problemas, intentaban no chocar entre todos, pero por sobre todo conmigo, porque me detuve a examinar a cada pasajero. Oliver jaló la cinta que nos unía. —¿Qué sucede? —dijo. Suspiré hondo. Le dije que no pasaba nada. Volvimos a caminar hasta que escuché el timbre de mi celular. Respondí de inmediato, aunque mi cabeza seguía dando vueltas. —Catherine, no podremos reunirnos hoy. Tengo un asunto que atender —soltó. Era la voz de Angeline. Me detuve en seco. —Y no, no puedes venir, August no tiene que ver con esto, menos tú. Así que… el nuevo está contigo, ¿verdad? —Sí —dije sin pensarlo mucho, hasta que Oliver y yo cruzamos miradas—. Sí. Claro que sí. —Bien, escúchame. Envíame un mensaje para reunirnos mañana con el chico nuevo. Él tendrá que quedarse en la residencia. Trátalo como a uno de nosotros y haz un espacio para que se quede a dormir. —No te preocupes, lo tengo más que solucionado. —Ok, adiós. Eso fue rápido. No se que cara tenía en ese momento, pero Oliver soltó una carcajada. —¿Pasa algo? –dije. —Eso tendría que preguntar yo. —Bueno, sí, pasaron cosas… —dije mientras jugaba con un mechón de mi cabello. —¿Te comieron la lengua los ratones? —dijo en tono de burla. —Oliver podrías dejar que te explique —lo interrumpí—. Conocerás la Agrupación, mañana. Ahora iremos a mi casa. Él ladeó la cabeza. —Entiendo que no quieras compartir espacio, pero en serio estoy tratando de solucionar eso. Entonces se me ocurrió una idea. Una que Oliver no se podrá resistir. Desvié la mirada a otro lado, intentaba parecer preocupada. —Cierto, no creo que puedas con esto —dije apenada. Me llevé la mano al mentón. —¿Qué cosa? —protestó. —No cualquiera se atreve a hablarle a la cara… —murmuré a propósito. —¿Qué cosa? —dijo elevando aún más la voz. —Perdón, Oliver. Veré cómo puedo… —¿Crees que no puedo? —dijo con las manos alzadas y una expresión de descaro en su sonrisa. —No es que no puedas, Perfecta puede ser… —respondí, intentaba encontrar la manera de hacer esto más intrigante—. Un poco intimidante. —¿Es una chica? ¿Y esperas que me intimide? Mejor ignoremos eso. —Chocar así de pronto con ella —dije con toda la intención de alargar cada palabra—. No lo sé, podría ser… —No me podría importar menos —. Oliver dejó que la cinta que nos mantenía unidos me empujara con él—. Vámonos. Y lo guié hacia la salida lo más rápido que pude. En todo el camino, Oliver lucía emocionado por el desafío. No solo por pasear con la misma postura que los hombres de traje, esos que son grandes empresarios en busca de grandes billetes. Y es que, con cada paso, llegué a notar que su figura creció unos centímetros más. Contuve la risa. Verlo feliz era un alivio. De seguro Perfecta lo recibiría con el mismo entusiasmo. Ya en el último piso de la residencia, estábamos a nada de entrar cuando terminé por convencerme de que el adolescente a mi lado estaba a unos días de convertirse en un adulto. Como si alguien hubiera definido mejor sus rasgos, pero dejando el lunar de recuerdo del niño que intentó alcanzar un helado. ¿Lo habrá hecho a propósito? —Aquí es —dije mientras buscaba las llaves. Oliver se detuvo a observar la puerta. —Vaya, qué lugar más… Y de pronto se abrió. Apareció Perfecta y nos recibió con una grata sonrisa. De un sobresaltó tiré las llaves. Había olvidado su manía de abrir antes la puerta. Sin embargo, no todo era coincidencia cuando te encontrabas con ella. ¿A dónde irá vestida así? El mismo cabello suelto, solo que ahora usaba una camiseta manga larga y los hombros descubiertos. Tampoco podía ignorar los pantalones de mezclilla que terminaban por definir su silueta, porque esa era su característica forma de vestir al salir, una muy cuidada por cierto. ¿Será que todos los días sale a comprar ropa nueva? Me parece una idea increíble la de seguir la moda a todas horas, ya que así pasará desapercibida entre la gente. ¿Eh? ¿Dónde está Oliver? ¡Un adolescente tan hablador no se me puede escapar! Mierda, ¿cómo puedo explicar esto? Todo el viaje estuvo conmigo, ¿por qué ahora…? Perfecta comenzó a reír. Él seguía ahí, a la altura de mis hombros, pero con el rostro empapado en sudor y las mejillas enrojecidas, un poco de escalofríos aquí y allá. Tieso como una tabla. Era su habilidad y no tiene idea de cómo controlarla, estaba segura. Y la verdad era que la primera impresión que he visto de muchos humanos hacia Perfecta es similar. Él intentó saludarla con la mano. Ni con todo el silencio de un edificio casi abandonado, alcancé a escuchar lo que dijo.

Este texto fue enviado de manera anónima a la redacción.

Cualquier semejanza con personas reales, vivas o fallecidas, o con hechos reales, es mera coincidencia.

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